Seguramente te habrá tocado vivirlo alguna vez. Esos días en que parece que tu gato está irritable y parece que se levantó con la pata izquierda: no quiere tus caricias, te bufa «de la nada» y no le ves el pelo en todo el día.
Cuando esto ocurre, es muy fácil sentirse confundido. Incluso, muchas personas llegan a pensar que sus gatos les están castigando por algo o que tienen mal carácter. Pero la realidad es otra: la irritabilidad no es un rasgo de personalidad.
Un gato puede disfrutar en mayor o menor medida del contacto contigo, pero si hay un cambio notable en su conducta habitual, puede ser una señal importante de que algo no anda bien.
Es decir, tu gato no es irritable por naturaleza, sino que está irritable. Y esto lo convierte en algo que no podemos (ni debemos) ignorar, por el bien de su bienestar.
De hecho, si sólo te pudieras llevar una cosa del siguiente artículo, me gustaría que fuese: tú conoces a tu gato mejor que nadie. Así que si quieres descubrir cómo el estrés influye en su “mal humor” y dar un paso más allá para mejorar su bienestar, sigue leyendo.
¿Cómo se relaciona que mi gato esté molesto con el estrés?
Te contaba antes que cuando un gato está más irritable o molesto, no es un rasgo fijo de su personalidad. Pero definitivamente sí puede reflejar un cambio en su temperamento.
De manera similar a como podría ocurrir con una persona, nuestro gato puede mostrar una menor tolerancia a interacciones o situaciones con las que antes no tenía dificultades. Y esto puede venir expresado de diferentes maneras, que podemos resumir brevemente como: un umbral más bajo para la reactividad o, en muchos casos, la inhibición de sus conductas habituales.
Pero para comprender esto, debemos hablar necesariamente del concepto de estrés.
¿Qué es exactamente el estrés?
Lejos de la idea negativa que solemos tener, el estrés es un mecanismo natural que ayuda al cuerpo de los animales a gestionar y superar cambios (o posibles amenazas). Y por lo tanto, es esencial para su supervivencia y vida diaria.
Pero como suele ocurrir, todo en exceso es malo y el estrés no es ninguna excepción.
Piénsalo así: estar algo nervioso antes de un examen puede aumentar tu capacidad de atención, agudizar tus sentidos y responder con más confianza. Pero, en exceso, puede paralizarte e impedir que realices el examen directamente. Pues igual puede ocurrir con nuestros gatos.
Estrés agudo vs. Estrés crónico
Es por eso que cuando pensamos en «estrés dañino», en realidad, estamos hablando de estrés crónico. Porque la principal diferencia viene dada por su duración (y, por lo tanto, sus consecuencias).
El estrés agudo es una respuesta inmediata y puntual ante un cambio o una posible amenaza. Por ejemplo, un ruido fuerte que asuste a tu gato o un viaje en coche a la clínica (si no está habituado). Como ves, puede ser algo bastante desagradable, pero no suele tener consecuencias negativas para su bienestar a largo plazo.
Sin embargo, el peligro real viene en forma de estrés crónico, que es una respuesta sostenida a situaciones que el gato no puede controlar o predecir. Por ejemplo, el conflicto entre gatos (aunque no haya «peleas» puede manifestarse en forma de tensión constante), un ambiente empobrecido y poco estimulante o la falta de rutinas precedibles que cubran sus necesidades.
En este caso, los cambios en el cuerpo de nuestros gatos ya no responden a cambios puntuales, sino que se mantienen y las consecuencias son mucho más serias:
- Los niveles altos de hormonas relacionadas con el estrés pueden debilitar el sistema inmune, lo que hace al gato más vulnerable a problemas de salud e infecciones recurrentes.
- El gato puede «bloquearse» y dejar de adaptarse ante cambios pequeños porque el estrés crónico reduce la capacidad de aprendizaje y la flexibilidad conductual.
Es por eso que la irritabilidad, el aumento de la vigilancia o la inhibición de conductas habituales pueden indicar un estado de estrés persistente. Porque son estrategias con las que tu gato está intentando enfrentarse a situaciones que no puede cambiar de otra forma.
Señales visibles de estrés e irritabilidad en tu gato
Entonces, ¿cómo puedes reconocer el estrés en el día a día? Pues, principalmente con cambios en la conducta habitual de tu gato. Y, para eso, necesitas tener una base con lo que compararlo 🙂
Para que puedas hacerte una idea, éstas son algunas de las señales más comunes:
- Cambios en la tolerancia al contacto: antes disfrutaba las caricias y ahora se aparta, bufa o intenta morder.
- Alteraciones en su descanso o en las vocalizaciones: duerme menos o llama tu atención por la noche (relacionado con lo que vimos en este artículo sobre maullidos nocturnos).
- Modificaciones en el juego: pierde interés por jugar o el juego pasa a ser más intenso, especialmente en ciertos momentos del día (puedes consultar también juego vs agresión para asegurarte de que no hay problemas en la relación de tus gatos).
- Cambios en el acicalamiento: acicalado excesivo que provoca pérdidas de pelo o, al contrario, ha dejado de acicalarse y su pelaje aparenta estar descuidado.
- Problemas con el arenero: orinar o defecar fuera, dificultad para acceder o inquietud alrededor del arenero.
- Esconderse más de lo habitual o evitar la interacción social (personas u otros compañeros felinos).
- Hipervigilancia: parece más alerta, asustadizo o reacciona con intensidad a ruidos o movimientos inesperados.
Recuerda: tú le conoces mejor que nadie, así que si notas alguna de las señales anteriores o tienes dudas, siempre es mejor consultarlo con un profesional. Para tu tranquilidad y la suya.
Causas frecuentes y qué puedes hacer desde hoy para ayudarle
Si has llegado hasta aquí y piensas que tu gato puede estar estresado, lo más importante que puedes hacer ahora es mantener la calma. Muchos de estos casos no son graves si se atrapan a tiempo, pero sí suelen ser la suma de pequeños factores que van minando la capacidad de adaptación de tu gato. Es por eso que debemos ir paso a paso.
Entre las causas más comunes que suelo ver en consulta están los cambios de rutina (o la falta de ellas, puedes aprender a crear la tuya en este artículo), los conflictos silenciosos (o no tanto) entre gatos y, frecuentemente, el dolor o malestar físico.
Si notas a tu gato más irritable, aquí tienes una hoja de ruta para empezar a trabajar hoy mismo:
1) Observa y anota
No necesitas apuntar todo lo que hace tu gato pero sí aquellos cambios que te llamen más la atención. Este tipo de información no sólo te darán una pista de lo que puede estar pasando sino que también ayudarán mucho a un profesional a identificar patrones y posibles causas del estrés de tu compañero.
Hazte preguntas. ¿Es al tocarle una zona concreta? ¿Qué cambios ha habido en casa? ¿Ocurre cuando hay ruido en la calle? ¿Sigue llevándose bien con mi otro gato?
2) Prioriza su salud
Especialmente si el cambio es brusco, si deja de comer, orina fuera o está aletargado, ve al veterinario. La irritabilidad puede ser de las primeras cosas que notes si hay dolor o malestar.
3) Revisa la rutina
Las rutinas (de juego, de alimentación, etc.) ayudan a tu gato a tener una mayor sensación de control y a evitar imprevistos (con lo cual, su estrés de base puede bajar, porque ya no es necesario) y no se quedarán estancados en un estado de estrés crónico.
Son las mejores herramientas de prevención del estrés para nuestros gatos.
4) Cero castigos
Regañar o castigar a un gato que no se encuentra del todo bien y está más irritable de lo normal solo aumenta su miedo y, por tanto, su necesidad de defenderse. Si notas que lo necesita, dale su espacio para que pueda calmarse.
Conclusión: poder ser gato es la mejor medicina contra el estrés
Como has visto, la irritabilidad no es una «mala conducta» que haya que corregir, sino un síntoma de que el algo no anda bien.
Tú conoces a tu gato mejor que nadie. Si sientes que ha dejado de ser él mismo, confía en tu instinto. No aceptes el «es que los gatos son independientes» o «es que es un gruñón» como una respuesta válida. En su lugar: busca la causa, descarta el dolor y ajusta según sea necesario.
De hecho, cuando comprendes mejor qué es lo que conlleva ser gato y le das oportunidad a expresar su naturaleza, descubres que realmente necesitan muy poco para tener una vida plena y libre de estrés. Como siempre te digo: comprender es cuidar. Si quieres descubrir cómo conseguirlo y entender por fin qué necesita tu gato de ti, échale un vistazo a mi academia: La Gátora.
Y si sientes que la situación te supera o no sabes por dónde empezar, recuerda que no tienes por qué hacerlo a solas. A través de mi servicio FelinaMente, encontraremos lo que necesita tu gato para llevar una vida libre de estrés y que ambos vuelvan a disfrutar de una convivencia en calma.